Hasta más allá de la primera mitad del siglo XX Cuba tuvo su desarrollo industrial cimentado en la agricultura,  fundamentalmente la cañera, renglón donde siempre ocupó lugares cimeros, al precio de mantener otras industrias generalmente en estadios primarios o simplemente inexistentes, además de lo que representaba el hecho de que la mayor parte de las fuentes de ingresos de la economía residía en manos foráneas.

Dentro de este sistema destacaron sólo determinadas entidades nacionales, como fueron los casos de las pinturas, productos de goma y textiles.

La falta de apoyo oficial o privado fue otro factor que frenó el avance de un sector tan importante y definitorio para un país moderno, máxime poseyendo los recursos y una población totalmente apta para explotarlos.

Tras el triunfo revolucionario de 1959, los primeros esfuerzos en la economía se encaminaron hacia el logro de la industrialización de la nación, dando a las fuerzas productivas la oportunidad de desplegar su potencial. Los pasos tentativos se iniciaron con la fundación del Ministerio de Industrias, donde se agruparon inicialmente todas las instancias del sector industrial transformador en una sola entidad y bajo una sola dirección.

En el curso de los años siguientes, cuando se estructuró el sistema de Organismos de la Administración Central del Estado (OACE), comenzaron a separarse las diversas ramas, constituyéndose los ministerios e instituciones que se encargaron a partir de entonces de la dirección, ejecución y control de la aplicación de la política del Estado y el Gobierno en cuanto al desarrollo de la industria, así como a sus labores de apoyo, logística y financiación.